¿Habremos aprendido la lección?

Enfermo cognitivo

Alejandro García Maldonado

Los acontecimientos que se han venido desarrollando en el país en los últimos 16 años, aunque puedan parecer aberrantes y ajenos al período democrático anterior, son sin embargo producto de una serie de eventos, entre ellos de índole psicosocial, que se dieron durante ese período y que podrían tener efectos negativos en el futuro, cuando nos encontremos en la tarea de reconstruir el país.

Mesianismo, algo viejo

Los grandes líderes que hicieron posible el renacer democrático durante los cuarenta años anteriores, no estuvieron exentos de la tradición caudillista y populachera proveniente de la tradición latinoamericana. En la llamada revolución de octubre en 1945, acción democrática mantuvo un perfil mesiánico y populista, a pesar de la contribución modernizadora que llevó a cabo en ese corto período. Con el retorno de la democracia en el 58 esta tendencia se mantuvo, al darle a esa gesta un carácter reivindicativo económico-social y no asumirlo en su verdadero significado, esto es, un modo de vida político, donde el respeto a las instituciones y el equilibrio entre los poderes públicos, le darían a la nación la estabilidad y la confianza necesaria para un progreso económico sostenido.

Mentiras para obtener votos

Desde un principio los partidos no lograron evitar la tentación de obtener votos a partir de la repartición de dádivas y promesas, afianzando la creencia de que el gobierno era una fuente inagotable de recursos que serían repartidos de una manera u otra, según el partido que ganara. El gobierno fue visto, en el mejor de los casos, como el gran administrador de la riqueza y no como un impulsor de políticas productivas, políticas donde el compromiso y esfuerzo común fueran indispensables, en otras palabras, dándole a la sociedad civil un rol importante en las decisiones y construcción del país . Esta situación se mantuvo sin consecuencias desastrosas hasta la primera presidencia de CAP, donde la entrada de abundantes cantidades de divisas, producto de la renta petrolera, mejoró artificialmente el nivel de vida de la población, creando una clase media con mayores necesidades y de más compleja satisfacción, unos grupos financieros y productivos más dependiente del estado y en general, una población convencida de que el bienestar económico alcanzado era producto de su esfuerzo y de que de alguna manera, el estado benefactor se lo había arrebatado.

No me gusta el sacrificio

El desequilibrio macroeconómico producto de malas políticas y de la creencia de que el país tenía la capacidad para absorber una gran masa monetaria, no logró resolverse con el gobierno de Luis Herrera, ni con el de Lusinchi, que mantuvieron por el contrario, la misma política de gastos, tratando de mantener a raya el descontento popular. El gran triunfo de CAP en su segundo mandato, fue producto de la falsa ilusión de que con su regreso volvería nuevamente la época de las vacas gordas, sin embargo, cuando éste, tratando de enmendar los errores de su primer gobierno, adoptó medidas de austeridad donde venía implícito cierto grado de sacrificio, la gran masa de gente que había votado por él se sintió traicionada y actuó violentamente. Todas las capas sociales, con sus disímiles intereses, hicieron causa común, siendo execrado aún por sus propios compañeros de partido. El rompimiento con la tradición populista, llevada a cabo por CAP, fue una bofetada recibida igualmente por pobres y banqueros, por burgueses y proletarios. Este estado de frustración generalizado, nunca visto antes, arrasó con la nueva presidencia de CAP y llevó a Caldera de nuevo a la presidencia, que aún siendo un político tradicional, supo aprovechar el vendaval de insatisfacción que se había generado, apoyando moralmente el golpe de Chávez e identificándose, astutamente, con el clamor vindicativo de una masa enardecida.

Se recurrió a lo primitivo

La matriz de opinión que se creó fue la de una desconfianza y rechazo total por el quehacer político, por los partidos, y de cierta manera por la vida institucional. Se tomó la bandera de la anti-política: la desconfianza hacia la representatividad, hacia las instituciones, hacia la búsqueda de soluciones dentro de arreglos y acuerdos. Todas las esperanzas se dirigieron hacia la figura del hombre fuerte, voluntarista, que gobernaría asumiendo una responsabilidad personal, un mandato que no se diluyera entre muchos. Era una reacción a tantas denuncias de corrupción y desaguisados, a las que nadie daba respuesta. En pocas palabras, dentro de la indignación reinante se recurrió a lo primitivo, a lo ya superado dentro de un régimen democrático, al caudillo providencial. Igualmente se fue a lo elemental, a lo populachero, a la creencia de que cualquiera podía gobernar, de que solo se necesitan cojones y mano dura. Nada de técnicos y políticos con su verbo enredado y engañoso.

Dentro de ese estado de ánimo generalizado se levanta la figura de Chávez, hecho a la medida para satisfacer las grandes aspiraciones de retaliación de una sociedad que se sentía profundamente traicionada. Era la reencarnación de un ángel vengador que venía, en su afán de justicia, a freír en aceite la cabeza de los enemigos del pueblo. El chavismo crece como un movimiento vengador y justicialista, para Chávez fue claro desde un principio que consignas como “no volverán”, o su actitud de no hacerle ningún tipo de concesión al “enemigo”, era la política correcta. Chávez fue un gran histrión, con una gran versatilidad para adaptarse a los diferentes escenarios, con una habilidad natural para actuar y venderse según la necesidad del momento, alguien que se mimetizaba para parecer lo que la masa quería ver, esos fueron sus rasgos más resaltantes.

Llego el vengador

Es verdad que Chávez tuvo gran influencia sobre las masas y las dirigió a su antojo, pero también es verdad que fue un intérprete fiel de sus aspiraciones y resentimientos. Chávez fue un vengador y un perseguidor implacable, porque una gran mayoría de los venezolanos así se lo exigía, y como buen caudillo, logró interpretar como ninguno ese rol. Comprendió que el carburante de su liderazgo se encontraba precisamente allí y que mientras pudiera mantener encendida la mecha del odio y del resentimiento, el podría reinar tranquilamente.

Venezuela fue, desde que la renta petrolera tomó significación, un país en crecimiento paulatino y por lo tanto exento de grandes desgarraduras, y eso en parte moldeó el carácter amistoso, abierto y generoso de sus habitantes; un paraíso, como lo han testimoniado las personas, que huyendo de sus países de origen, encontraron aquí un remanso de paz. Sin embargo, a medida que las malas políticas junto con una emergente realidad económica, les fue arrebatando estos privilegios, esa misma gente, que ya consideraba su bienestar relativo, como inherente a su nacionalidad, se sintió herida, burlada, sorprendida. Desde entonces la sociedad venezolana está pasando por un período de tensa reacomodación, el cual no ha logrado superar todavía. Se trata del duelo por “el paraíso perdido”, que desgraciadamente no volverá.

Furia desatada

La Venezuela que se vislumbra en un futuro inmediato, tendrá que hacer una profunda reflexión sobre este período de su historia, donde el gran protagonista no fue Chávez, sino la furia desatada por una gran desilusión, por la pérdida de un tipo de vida. Una posible salida que se avizora, teniendo en cuenta el terrible fracaso de este último intento populista, junto con la disminución de la renta petrolera, podría estar encaminada hacia una experiencia democrática con una economía abierta, menos protegida, que contaría con el aporte y esfuerzo de su población. Sería pasar de una economía rentista a una productiva, con las difíciles adaptaciones socioculturales que esto podría suponer. Es un reto enorme que puede llevarnos nuevamente a buscar los mismos atajos violentos que nos trajeron a donde estamos. ¿Habremos aprendido la lección?, es una buena pregunta que debemos hacernos.

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